sábado, 20 de febrero de 2016

Cocaína anal

Este texto fue publicado en VICE y esperamos que os guste.
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Cocaína anal.


La conocí en un punto de venta de drogas, en una de esas casas-búnker que existen en casi todas las ciudades de España donde puedes comprar cocaína y heroína 24 horas, 365 días al año. Yo iba a pillar algo para fumar -que no fuera tabaco- y de paso, como otros tantos y tontos, a saludar al personal mientras te fumas tu plata. Ella era de estas mujeres que no desentonan en un antro semejante; tenía cierto aire de madame de burdel fino y sus 50 años curtidos pero no arrasados. 





No recuerdo como entablamos la conversación; entre vapores de mezcla de coca y caballo seguramente era irrelevante. Posiblemente toda la conversación era una excusa para matar el tiempo hasta que soltó la pregunta que lo cambió todo: 



“¿Te has drogado alguna vez 
metiéndote cocaína por el ojete?”


Reconozco que lo primero que pensé es que era otro de esos mitos, que circulan en torno a la cocaína y sus poderes sexuales, que ha hecho a algún supermán del sexo untarse la punta de la polla con cocaína en polvo -para después dedicarse a embestir con el badajo anestesiado los agujeros de su pareja- y terminar provocando una intoxicación por la droga introducida en el cuerpo receptor. Mi cara debía ser la del escepticismo más yonki posible porque ella -con cierto gesto molesto por mi reacción- me insistió: 


“Te lo digo en serio. 
Yo me he puesto la coca 
por el culo muchas veces. 
¿No lo has probado?”


Le dije que no y que aunque no tenía nada contra mi culo como elemento de placer, no era gay y que nunca había tenido un compañero sexual que se pusiera cocaína en la polla para encularme. Ella rompió a reír y me miró como una profesional del amor mira a un pardillo al que tiene que estrenar. La cosa se ponía interesante. Acercándose con cierto tono de confidencia -y de cariño por la gota que yo me estaba fumando- me dijo que no lo decía para follar sino para colocarse sin que lo supiera nadie. Ella leyó el interés en mis ojos y yo vi en ellos como se caían hacia mi plata; le dije que se hiciera un tubo para fumar y ya teníamos sellado el trato.

Fumamos “a pachas” mi plata y hablamos del asunto un buen rato, no sin una buena dosis de cachondeo por estar hablando de petarse el culo con cocaína y no para pasar una frontera. Me contó su historia, en la que una pareja suya que era “un alto cargo ejecutivo político” se preparaba enemas con cocaína, porque necesitaba sentirse estimulado en ciertas tediosas reuniones en las que no se podía abandonar el despacho durante algunas horas. 

Que ella usara la palabra enema y no dijera lavativa ya le daba cierto punto creíble al asunto. Le pregunté si esa persona tenía ya afición por meterse cosa por el ojete o era algo específico: no rechazaba un buen masaje prostático mientras se la mamaba pero que no se metía nada más, que ella supiera. Me contó que tenía una pera de goma -al parecer una costumbre de su familia para limpiarse agujeros varios- que cargaba con una pequeña cantidad de agua con cocaína disuelta y que se administraba justo antes de abandonar la intimidad de su coche; siempre parecería menos grave encontrarse a alguien con una pera en el culo que con un billete en la nariz. 

Yo había visto peras para administrar lavativas -de las de llenar el recto y luego expulsar (motivos médicos) o para provocar una estimulación de tipo sexual a los amantes de esa parafilia- y no me cuadraba la cosa: el tamaño no permite andar con una pera de esas, cargada con un cuarto o medio litro de líquido pero ella me dijo que tanto no entraba en la pera que ella conocía, que sólo “un dedo o dedo y pico” de un vaso normal de 250ml: unos 15-20 ml en total.

Entramos en materia cuando entramos a hablar de su experiencia, y de su ojete. Se me hacía raro estar hablando de un ojete femenino que tenía tan cerca y estar con la ropa puesta. Sin rastro de rubor ella me contó cómo fue la primera vez que lo probó por la vía anal. Sorprendió a su pareja cargando la pera y preguntó qué hacía, él se lo dijo y ella lo tomó a broma. Como el movimiento se demuestra andando, el avezado compañero le ofreció probarlo. Ella había esnifado algunas rayas de cocaína entre copas, hasta ese momento de sus 20 y pocos picos. No tenía más experiencia, pero aceptó. Su compañero la colocó tumbada sobre sus rodillas, desnudó su trasero, separó sus nalgas con una mano y con la otra introdujo con cuidado la cánula de la pera para apretar la misma y provocar que su recto se llenase con la disolución de cocaína. Lo de llenar es retórico, porque el objetivo -como pronto aprendió- es retener el líquido dentro y no expulsarlo, que es lo que al sentirlo te pide tu recto cuerpo. 

Le pregunté como fue el efecto esa primera vez y me dijo que de esa vez no recordaba mucho sobre el efecto: que se le “durmió el culo y el ojete” y de que su pareja aprovechó para inaugurar un nuevo tramo del metro. Pero que fueron las siguientes veces cuando más pudo disfrutar de algo mucho más lento que la cocaína vía nasal o fumada pero mucho más duradero e “intenso, como si la energía me saliera de dentro” me dijo. Y que desde entonces lo había usado algunas épocas en que prefería ocultar su caro hábito, claramente pretéritas. 

La dejé con lo que quedaba de mi plata mientras me ofrecía -con sucia insistencia- pillar “unos gramos” e irnos a su casa a metérnoslos -por el culo o por donde fuera- provocando una sensación nada agradable en mí. Pero me había picado la curiosidad por el método. ¿Era posible? Sí, de la misma forma que un supositorio tiene efecto: el recto absorbe el agua de nuestras heces para que no nos deshidratemos. ¿Sería verdad lo que me había contado? Cuando busqué un poco, me encontré que no era la primera persona que lo afirmaba, y de ellos los más ilustres eran los músicos Ron Wood y Rod Stewart aunque con método distinto: introducían la cocaína en una cápsula de medicamento para deslizarla en sus rectos posteriormente, según ellos “para protegerse la nariz”. 





Yo no tenía ni que protegerme la nariz ni que aguantar largas reuniones sin poder meterme una raya, pero al cabo de unas horas estaba en la farmacia -tras haber pillado algo más de medio gramo de buena cocaína- preguntando sobre “peras”. Es un poco complejo explicárselo a una farmacéutica sin que se asuste o piense que ya estás drogado, pero tras un poco de tira y afloja me sacó la pera del “número 2” que necesitaba, aunque no era para la vía anal sino nasal: también para “cuidarse la nariz”. 

Me llevé de paso agua destilada higiénica, por eso de “cuidarme la nariz” disolviendo en ella la cocaína. La cocaína en forma de clorhidrato tiene una altísima solubilidad en agua, con lo que en la pequeña cantidad que entraba en la “pera nasal” era suficiente para disolver dosis incluso mortales. 

Que te vayas a meter algo por el culo no lo hace menos peligroso -sino más- que por otras vías: carece de la protección que da la vía oral y el primer paso hepático sobre la sustancia, porque se pasa del recto a la sangre con la absorción de líquido. Pensé cual era la dosis mortal para un hombre adulto y la cosa rondaba 1'2 gramos de cocaína en una hora, así que decidí que lo más prudente sería probar con una cantidad similar a la de una buena raya, porque la absorción no sería tan rápida como en la nariz y porque también esa forma salta el primer paso hepático. 

Unos 100 miligramos de buena cocaína tenía que ser suficiente para notar el efecto, así que puse unos 130 miligramos porque no estaba seguro de que todo el líquido fuera a entrar en la pera de irrigación nasal al cargarla en un vaso.

Disolví la cocaína en la cantidad de agua destilada que pude cargar con la pera, para tener la medida ya tomada. Se disolvió casi en el acto y no dejó ningún residuo sólido. Cargué la pera con la disolución de cocaína, siendo esa la parte más complicada ya que tuve que hacerlo varias veces hasta conseguir volver a cargar casi todo el líquido sin tirar nada. 

Ya cargada la miré con cierto respeto -no teníamos confianza- mientras nos encaminamos hacia el WC, buscando mentalmente la vaselina para untar la cánula y facilitar el camino real. Untado con cariño aquello se deslizó sin molestia y, una vez dentro, apreté con fuerza la pera para que descargase todo dentro de mí.

No puedo decir que la cosa fuera memorable, desde luego algo engorrosa era esa forma de colocarse sin un motivo real para hacerlo así. Lo primero que sentí fueron ganas de echar el frío líquido (no se me ocurrió calentarlo un poco antes) como si fuera una diarrea sobrevenida, pero con un poco de aguante la molesta sensación fue dando paso a otras. Lo siguiente, mi culo empezó a dormirse de una forma compleja de describir: como de dentro hacia fuera. Noté mi esfínter adormecido y agradecí que fuera tan poca cantidad de líquido, porque la pérdida de tono muscular no ayudaba a retener. Noté alguna gota escapar entre mis muslos y me emparanoié con que se me fuera a salir todo mientras intentaba caminar apretando el culo, hasta que llegó el efecto anal.

A los pocos minutos mi pulso se aceleró, la respiración también. Las pupilas se dilataron y mi cara dibujaba una sonrisa, de sana euforia silenciosa. Ya no me acordaba de la gota que se escapó, sólo de lo bien que me sentía y de las ganas de hacer cosas que me dio, cosa que aproveché para ponerme a tocar la guitarra. 

Aquella misma noche repetí experiencia -placentera- con un segundo enema de cocaína. Cosas de yonkis: raro, pero funciona.

1 comentario:

DTP dijo...

¿Lo has vuelto ha hacer desde entonces? ¿Merece la pena?