domingo, 24 de mayo de 2015

Testosterona: la droga y el sexo.

Este texto fue publicado en VICE.
Esperamos que os guste.
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Testosterona: la droga del sexo.


Hace ya más de una década que probé la testosterona por primera vez. No tenía por qué hacerlo, no había una razón médica que lo justificase. Simplemente, como con otras tantas drogas que había probado en mi vida, tenía ganas de experimentar y tenía la oportunidad. Alguien con acceso a grandes partidas de medicamentos -desviados del mercado lícito- me regaló 3 cajas de “Testogel” de la casa Bayer mientras me dejaba un enigmático aviso: “Llévatelas si quieres probarla: es la forma más sencilla y sin pinchazos. Y aunque los culturistas no la aprecian demasiado, tengo clientes que les encanta para follar a lo bestia”.




¿Para “follar a lo bestia”? Eso no sonaba nada mal. Aparte de que el sexo siempre es un buen reclamo, daba a entender que realmente tenía un efecto psicoactivo, si es que era capaz de estimular que hubiera “sexo a lo bestia”. ¿Pero qué sería eso de “a lo bestia”? A lo largo de los años te das cuenta de que lo que es “a lo bestia” para una persona, puede resultar suave para otra. Dar descripciones de efectos de drogas es muy complejo, especialmente sobre la intensidad de las sensaciones que se alcanzan.



Comencé -como antes de experimentar con cualquier otra droga psicoactiva- un periodo de lectura e investigación personal sobre el tema, de búsqueda de fuentes y de experiencias de otras personas con la testosterona. Pero había algo frustrante: la mayoría de las experiencias que encontraba eran de la comunidad transexual, que tienen que usar la testosterona de forma necesaria si están en un proceso de masculinización hormonal, y de grupos inespecíficos en la comunidad LGTB. Y no me servían: yo era un varón heterosexual -con testosterona propia- y ni mi cuerpo ni mi mente iban a procesar la experiencia de la misma forma que alguien sin ella o con otra orientación en su sexualidad. No me servían para hacerme una idea de cómo iba a cambiar todo si me decidía a probarlo. Así que lo consensué con mi compañera sexual en aquel momento: si esto afectaba al sexo iba a afectar a la forma de percibir a la pareja, siendo ella la persona justa para poder decirme si algo iba mal y yo no era capaz de verlo.

Echando la vista atrás, lo que más miedo me daba era convertirme en una especie de chalado hiperagresivo que fuera exhalando testosterona hasta que otro chalado más agresivo me rompiera la cabeza. En mi caso, la agresividad no aumentó y como no tengo costumbre de ir haciendo el gorila por la vida, pues tampoco lo hacía con la testosterona. En este sentido es un poco como el alcohol; hay quienes con un par de copas se vuelven los tipos mas agresivos del barrio, otros a quien les entra sueño y otros a los que simplemente les anima a conversar y relajarse. 




Es cierto que la testosterona guarda una relación directa con la agresión entre machos, pero no en una relación directa por la que más testosterona implique más agresividad. En animales, un macho con niveles bajos de testosterona es menos sensible a los estímulos que despiertan la agresión. Cuando se le administra testosterona recupera la respuesta agresiva a ciertos estímulos, pero darle más testosterona no aumentará ya su agresividad. Ese efecto se nota bastante en humanos, nuestra reactividad aumenta: podríamos decir que no nos molesta nada nuevo, pero que tardamos menos en expresarlo. Y de la misma forma estamos más reactivos a estímulos sexuales que en otras ocasiones no pasarían de ser un fugaz pensamiento pasajero.

Así comencé lo que fue mi primera vez, tras la búsqueda de información, con la testosterona exógena. Ya sabía que la testosterona no era una droga al uso: no es algo que lo tomes y te haga efecto en minutos u horas. Necesitaba que el cuerpo alcanzase niveles de impregnación constantes. Empecé administrándome 1 sobre de Testogel cada 24 horas pasando a 2 sobres cada 24 horas pocos días después ya que me parecía no estar notando nada reseñable. No había pasado una semana del aumento de la dosis cuando -mi compañera primero y yo después- notamos que las erecciones típicas de la mañana empezaban a ser algo más que un mero acto fisiológico. Aquello ya no se bajaba tan fácilmente como antes -lo cual era una seria molestia al querer ir a mear- e incorporamos a nuestra rutina una dosis extra de sexo mañanero. Yo no tenía problema y ella estaba encantada: sienta mejor despertar para follar que porque suena el despertador para trabajar.



Ya en la tercera semana de la prueba, los aspectos sexuales de la testosterona se hacían evidentes.
Había una mayor activación fisiológica en todos los sentidos, con frecuentes erecciones espontaneas -echadas de menos desde la adolescencia- que no venían a cuento. No tengo muy claro qué fue primero, si la erección o el deseo. Durante toda mi vida había creído que era el deseo el que disparaba la erección en el varón, pero estaba empezando a ver que había una excitación aferente -nacida en los genitales y que sube al cerebro- además de la deferente que siempre había conocido.

Me explico. Tú puedes estar tranquilamente en un bar tomando un café y leyendo el periódico sin que el hecho de que entre una mujer -que esté dentro de los parámetros de tu gusto- te suponga nada especial. Pero si esa mujer agradable entra en escena cuando tienes una erección como el palo de una escoba, es bastante probable que sea incorporada rápidamente a tu conjunto de fantasías sexuales: de las inmediatas si lo que te da es por fantasear con lo que ocurriría en un tórrido momento en el WC de señoras, o de las más elaboradas si tu mente gusta de desarrollos más lentos y voluptuosos.



Con la testosterona, tu disponibilidad aumenta.
Y también de la meterte en problemas.
Se te abren los ojos como si fuera un despertar de un tiempo dormido, en el que empiezas a detectar muchas más posibles parejas sexuales de las que percibías anteriormente, eres mucho más sensible a estímulos y especialmente a los visuales que con velocidad son traducidos a reacciones fisiológicas. Con esa disposición emanando por tus poros no es raro acabar encontrando a otra persona dispuesta, y apenas llevaba 1 mes tenía relaciones con 2 nuevas parejas a espaldas de la mía. Y no tenía nada que ver con el amor ni con el cariño hacía esas personas: tenía el impulso del sexo que no se sacia, que no acabas de tener un orgasmo y estás pensando en el siguiente. Mi pareja no tardó demasiado en notarlo y poco más en cazarme -como casi todos por el teléfono móvil- llevándonos a una discusión agria de inesperado final: podía aceptar que fuera únicamente un impulso sexual sin relación con el mundo afectivo, pero ella también quería experimentarlo.

En el caso de una mujer, su cuerpo aunque también produce testosterona lo hace en cantidad muy baja y bioconsumo mucho menor. La dosis de un sobre de “Testogel” es de 50 miligramos/día de testosterona y los parches para mejorar el apetito sexual en mujeres son de 300 microgramos/día: casi 170 veces más baja en la mujer. También había que contar con que la mujer era mucho más sensible a su efecto, hasta el punto que el prospecto del “Testogel” advierte sobre el peligro por contacto con la piel donde se lo dé una persona. Ella empezó mojando un poco de su dedo en el gel y cada día aplicándoselo sobre el estómago para ver los efectos en su cuerpo. Y en menos de una semana los primeros efectos se hicieron evidentes: su apetito sexual se había disparado y era reactiva a estímulos que en otras condiciones seguramente hubiera despreciado. Una sensación de sobrecapacidad era la ola constante en la que cabalgábamos.




La situación, que fue placentera al principio, se tornó algo rutinaria: teníamos demasiado apetito y fantasías como para saciarnos sólo entre nosotros. Llegamos así a plantear el manido tema del trío o la orgía. Por suerte ambos teníamos claro lo que buscábamos en esos encuentros y no nos fue difícil encontrar una chica que aceptó tener sexo con ambos a la vez y que, en connivencia con mi pareja, introdujo a un amigo suyo que acabó formando parte del grupo. Pronto compartimos con ellos el asunto de la testosterona, como factor determinante que nos había llevado a buscar expandir nuestra vida sexual con otras personas, responsable de la voracidad y el apetito que teníamos. Él llegó a probarla y a disfrutarla pero ella se abstuvo, en prevención de efecto secundarios.

Así llegamos a entender lo que era “follar a lo bestia” por la testosterona: follar como si te fueras a morir tras el polvo, follar como si no hubiera mañana, follar como si intentases calmar una sed que no se apaga. Follar con tu pareja, follar con su amiga, follar con desconocidos sólo por follar. 

Y nada más correrte, tener ganas de más y más.





Nota: el autor no pretende incitar al uso no prescrito médicamente de testosterona y se limita a narrar una experiencia. El uso de hormonas -de cualquier tipo- fuera de un control médico implica unos riesgos nada despreciables que no deben ser subestimados.