lunes, 29 de diciembre de 2014

Research chemicals y Bitcoin

Este texto fue publicado en ElBitcoin.org y esperamos que os guste.

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Los research chemicals y el Bitcoin.


La estúpida e inquisitorial prohibición sobre las drogas y la consiguiente criminalización de los usuarios ha tenido horribles consecuencias para la humanidad al completo, independientemente de si uno consume drogas -legales o no- y de cuáles consume. Dentro del abanico de horrores que nos ha dejado esa infantiloide política supra-estatista, tenemos a las mafias de narcotráfico, la adulteración, el engaño vendiendo una sustancia por otra, la violencia a la que puedes verte enfrentado en el momento de realizar la compra de las sustancias, o la hipócrita coerción estatal mediante multas, prisión, amputación de miembros, tratamiento psicofarmacológico forzado con reclusión incluida y en algunos países -para alegría de ciertos sectores moralistas y enfermizos- la pena de muerte.




Aparte de esa lista incompleta de grandes logros de la guerra contra las drogas, tenemos a los “research chemicals”. Ese es el nombre con el que cientos y cientos de compuestos se han conocido en los círculos habituales de la psiconáutica. Es el nombre más técnico que usábamos mayoritariamente hace décadas cuando trabajábamos con sustancias que eran prácticamente desconocidas en sus efectos, dosis y riesgos. De ahí su nombre “research chemicals” que quiere decir “sustancias químicas para investigación”.



Todas las sustancias han sido, en algún momento dado, “research chemicals” y todas han tenido que ser probadas de manera que sus efectos y riesgos pudieran ser evaluados más allá de la teoría, primero con animales y luego con humanos -en caso de que los primeros resultados fueran satisfactorios dentro de lo que buscado. La MDMA o éxtasis era un research chemical hace 3 décadas, hasta que lo prohibieron. No es que el prohibir sea lo que hace que algo pierda su condición de “fármaco o droga de investigación” sino que hasta aquel momento de 1985 en que prohibieron la MDMA, esas drogas se prohibían cuando habían alcanzado notoriedad, o bien por su uso o bien por su mal uso y sus consecuencias, de manera que la parte de “investigación” había desaparecido en gran medida, ya que eso solía conllevar que la sustancia había sido tomada por muchas personas distintas, durante un plazo “amplio” de tiempo y que dicho hecho junto con los estudios que se solían hacer antes de prohibir algo -aunque el resultado estuviera determinado desde el principio- hacían a la sustancia “aceptablemente conocida por la ciencia” perdiendo su característica de “research”.

En el panorama internacional de prohibición de las drogas más conocidas, seguras y habituales para el ser humano, llegaron estos nuevos fármacos que tenían como principal propiedad algo que a algunas personas les parece tan importante: ser legales o al menos, alegales. No estar fiscalizados, prohibidos, vigilados... de manera que se pueden adquirir legalmente. Algún inocente lector podrá pensar que si no están prohibidos, será porque no son tan peligrosos como las drogas que siempre -o casi- lo estuvieron (las clásicas heroína, cocaína, LSD, cannabis, anfetaminas y MDMA) pero no hay nada más letal que esa idea. Y hablo de letal de verdad: de contar por centenares las personas que mueren cada año por consumir sustancias totalmente legales y adquiridas de forma legal.




¿Cómo puede ser eso si los defensores de la re-legalización de las drogas argumentan que con sustancias puras y controladas no habría tantas muertes y daños?

Estas sustancias, mientras mantenían el status de sustancias de experimentación -empezando por la forma de referirse a ellas- recibían un cuidado especial por parte de quienes osaban adentrarse a relacionarse con ellas, porque para empezar, tenías que tener formación para saber que eran drogas psicoactivas y poder leer sobre ellas para encontrarlas, comprarlas y usarlas. 

La nomenclatura química no es algo sencillo de recordar, a no ser que pongas mucho interés o porque te va la vida en ella. Y cuando se trataban con ese cuidado, los problemas y muertes derivadas de su uso fueron algo minoritario y bastante puntual -como el caso de un conocido que recibió de un laboratorio en China una sustancia mal identificada por un par de letras, y cuyo error le costó la vida (el caso de la 2C-B-Fly y la 2C-B-DragonFlya pesar de ser un experimentado vendedor de esos productos en internet- porque el círculo de uso se reducía a “los más geeks de las drogas”. 

Los empresarios legales de las drogas, con pocos o ningún escrúpulo, empezaron a poner a disposición del gran público esas sustancias. La cosa cambiaba y pasaba de ser un hobby arriesgado de personas con bastantes conocimientos a “la forma legal de drogarse”. Así entraron rompiendo en el mercado, especialmente en el de países donde la sanción legal al consumo o la tenencia es desproporcionada, como en Reino Unido o USA, ya que el usuario podía conseguir los efectos de drogas prohibidas, incluso decenas de veces más potentes, sin que pudiera ser sancionado legalmente... pero poniendo su vida en juego, para evitar la multa o la sanción.



En su asalto al mercado legal y para no resultar escandalosamente llamativas las empezaron a vender bajo la apariencia de “sales de baño” o “abonos para plantas”, de manera que los controles en las fronteras fueran todavía más flojos, y siempre conscientes de que eran sustancias legales -en UK se llaman “legal highs” o “colocones legales”- pero que no podían ser vendidas para el consumo humano

Eso quedaba en manos del comprador, hacer lo que quisiera con ellas, pero siempre se indicaba que no eran sustancias para consumo humano aunque era una perversión del mercado. 

Para facilitar más el asunto dejaron de llamar a las sustancias por sus nombres químicos, que son los que definen claramente un compuesto, y pasaron a ponerles nombres comerciales, tipo “Spice” o “Bonzai” o “Red Dove” y un envoltorio vistoso con colorines; cualquier cosa valía. Y tanto valía que si una de las drogas que ellos vendían era prohibida, la sustituían por otra que no lo estuviera... aún. 

Una y otra vez riéndose de una ley que nació para ser violada.



El resultado ha sido un montón de jóvenes, con poca experiencia en drogas, intentando no tener problemas con la ley, pero tomando sustancias casi desconocidas en el ser humano y sin el derecho a saber cuáles consumían ni en que dosis, ya que al estar prohibido para consumo humano nadie podía indicar lo contrario. Las drogas más peligrosas, con mucha diferencia, son totalmente legales: compras un paquete con 4 pastillas, o una bolsa con unos polvos, o un líquido en un vial, y lo toman creyendo que el hecho de ser legal en su venta las hace seguras en su consumo.

Un mortal error derivado de pensar que las drogas que están prohibidas lo están por motivos de salud y de protección al ciudadano. Eso no es así, y los amantes de “lo legal” pueden encontrarse en serios problema al dar por supuesta la relación inexistente entre legal y seguro.

Solemos pensar que las drogas y su relación con el Bitcoin se reduce a la darknet y los mercados tipo Silk Road, pero eso no es así en este caso. Los vendedores de estas drogas legales se encuentran en la “surface web” o web visible. Basta con poner “buy research chemicals with bitcoin” para encontrar decenas de páginas donde puedes comprar variedades inimaginables de sustancias hace 20 años, que abarcan desde los opioides (ultrapotentes algunos) como el AH-7921 o el W-15, a estimulantes como la MDPV o “la droga caníbal” bautizada así por la prensa partiendo de una mentira, pasando por psiquedélicos de 48 horas de duración en sus efectos a los cannabinoides sintéticos, que son posiblemente las drogas más peligrosas que hay en el mercado ahora mismo.
El hecho de que muchas personas no quieran ver su cuenta del banco con anotaciones sobre compañías que venden drogas -aunque sean legales- y la circunstancia de que una gran masa de los usuarios de Bitcoin llegaron al mismo gracias a Silk Road y ese tipo de mercados, ha facilitado mucho que esas compañías legales pusieran sus ojos en los usuarios con Bitcoin a pesar de no necesitarlo

Al mismo tiempo, el que un joven que tuviera Bitcoins usados para comprar en Silk Road hace mucho más fácil que aún teniendo acceso a las drogas clásicas prohibidas (mucho más sanas y seguras que la mayoría de los research chemicals legales, aunque sólo sea porque existen patrones de uso conocidos y aceptados) acabe comprando alguna de esas sustancias en alguna web legal.

Para más peligro, estas sustancias son todas de unos precios ridículamente bajos, y con unos 50 dólares en drogas, puedes escoger entre distintas de ellas capaces de matar a varias personas sin gastar más dinero. De momento no se ha dado el caso, pero es cuestión de tiempo que alguien con conocimientos de estas sustancias (basta con saber leer y buscar en Google) pueda usarlas con intenciones criminales, y en muchos de los casos, basta con unos pocos miligramos. Pueden ser consideradas drogas recreativas y como venenos mucho más potentes que el cianuro potásico. Son ambas cosas.

Estas drogas no necesitan a Bitcoin para poder venderse huyendo del control de los prohibicionistas, ya que aprovechan la superioridad de la química y su velocidad frente a la de los cambios legislativos y su torpeza, pero aún sin necesitar de él, no han perdido tiempo en abrir sus puertas a todos esos usuarios que tienen Bitcoin en la cartera.

Recuerda que tomar drogas o no es una elección tuya, pero que también con Bitcoin puedes tener la certeza de qué droga y en qué dosis vas a consumir, como ya contamos en esta web hace tiempo gracias al servicio de análisis de EnergyControl, o al estupendo trabajo de ONGs como AiLaket!

Están en tu mano ambas cosas: comprar drogas y también asegurarte de que un error no acabe con tu vida. 

Ambas cosas las puedes hacer con Bitcoin.

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PS: Acabo de ver una ALERTA DROGAS sobre pastillas con logo SUPERMAN y contenido de PMMA (muy tóxico y letal) vendidas como MDMA.

Tengamos la fiesta en paz. 
Mucho cuidado con las compras de última hora para las drogas de la Nochevieja.




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Falsa Marihuana

Este texto fue publicado en la Revista Yerba.
Esperamos que os guste.

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Falsa marihuana



¿Qué tienen en común la cafeína, la morfina, la cocaína, la mescalina y la psilocibina de los hongos mágicos pero no tiene el THC del cannabis? Todas son sustancias naturales, todas ellas son psicoactivas aunque cada una tiene efectos distintos. Algunas son legales en unos lugares y otras no, pero eso tampoco separa al THC de las demás.

¿Qué es entonces? El THC no tiene nitrógeno en su molécula. Parece una simple curiosidad química, pero no es así. Este hecho está -en parte- en el origen de que algunas de las drogas más nuevas -y peligrosas- que nos encontramos en el mercado legal sean los cannabinoides sintéticos o falsa marihuana.

Molécula de THC.


Cuando la ciencia se dio cuenta de que podía extraer los principios activos de las plantas, formularlos químicamente y reproducirlos o mejorarlos, lo hizo partiendo del primer compuesto de este tipo que estudió: el opio. Del opio sacó la morfina, y de la morfina y su carácter ligeramente alcalino al ser un base débil surgió el término alcaloide

La morfina era un alcaloide, porque cumplía ciertas normas químicas y contenía nitrógeno. Ese tipo de formato, el del alcaloide, a la hora de buscar el resto de principios activos en las plantas funcionó muy bien: la mayoría de los principios activos, especialmente los que afectaban al sistema nervioso central, eran sustancias que contenían nitrógeno.

Diversos alcaloides, nitrogenados.


Así la ciencia fue encontrando los principios activos de las plantas, como la cocaína o los cactus como la mescalina. Y todos eran alcaloides, hasta el punto que todavía hoy son muchas personas que asimilan la palabra alcaloide al concepto de principio activo, y no todos los principios activos son alcaloides ni tienen nitrógeno, y como ejemplo vale el mismo alcohol del vino.

Sin embargo había una planta que se resistía a entregar sus secretos a los químicos: el cannabis. No existía duda alguna sobre la psicoactividad del cannabis y sobre muchos de sus efectos beneficiosos, pero por más que los químicos se empeñaban en buscar no daban con el aislamiento del responsable principal de sus efectos. Hasta el año 1964 que en una universidad israelí, Raphael Mechoulam, un químico orgánico y profesor de química medicinal dilucidó el asunto con el aislamiento y la síntesis parcial -lo que dejaba clara la estructura- del principal constituyente activo del hashís derivado del cannabis: el responsable de los efectos era el THC o Tetrahidrocannabinol. Y no contenía nitrógeno.


Raphael Mechoulam, de tú a tú con la planta. 


Tras el descubrimiento y caracterización del principio psicoactivo esencial del cannabis, venía lo lógico: encontrar su receptor. Todas las drogas que tienen un efecto sobre el cuerpo humano, desde la cafeína a la morfina, de la mescalina al THC, funcionan porque imitan otras sustancias que el cuerpo humano produce y para las que tiene un sistema de receptores.

El siguiente paso por tanto era encontrar el receptor y su ligando endógeno: la sustancia que creaba nuestro cuerpo para activar esos mismos receptores. Con esto no sólo se estudiaban los efectos de una droga, sino que se aprendía sobre los sistemas que regulan el cuerpo humano afectados por esa droga, de donde se podían sacar otras compuestos para usar contra dolencias específicas.

Teniendo un compuesto claro con el que trabajar, el THC, actuar sobre los receptores con otros compuestos fue más sencillo. Tanto que se conocían los receptores CB1 y CB2 y se trabaja con nuevos compuestos sobre ellos (con animales o pruebas de laboratorio) pero todavía no se había encontrado qué compuesto producía el cuerpo humano para dichos receptores hasta que apareció, en un equipo guiado por el mismo profesor de química, la anandamida: el ligando endógeno de los receptores no se encontró y determinó su estructura hasta 1992. Y curiosamente, este ligando sí tenía nitrógeno.

Hasta el final del S.XX no tuvimos demasiado claro el esquema aparentemente simple que nos permitía relacionar un receptor con un compuesto y de ahí estudiar las funciones y acciones que tenía sobre el ser humano en el caso del cannabis. El sistema cannabinoide endógeno, el que regulan los receptores CB1 y CB2 (que de momento sepamos) y que es sobre el que actúa el cannabis, es uno de los más desconocidos, porque es de los últimos en ser descubiertos.

Receptores CB1 y CB2.


Se podría inferir erróneamente que al no conocer profundamente el sistema cannabinoide endógeno, no podemos conocer las consecuencias del consumo de cannabis. Es un error, porque el consumo de cannabis tiene miles de años de uso que lo han probado una planta poco o nada tóxica. Tal vez no conociéramos qué teclas pulsaba el humo de los porros en nuestro interior, pero ya conocíamos lo que provocaba, y no era malo. Ni un muerto en toda su historia es un récord notable.


De la ciencia a la leyes y sus consecuencias

No hace falta exponer la vigente e injusta prohibición que sufre el cannabis, pero sí convendría señalar algunos de los peores males que nos ha traído, y tal vez algunos estén por descubrir. 

En los años 80 la farmacéutica Pfizer experimentó con un compuesto sintético llamado 47,497 -entre otros muchos- que resultaba ser agonista de los receptores CB1 y CB2, algunos de esos compuestos con cientos de veces la potencia del THC, y además con la característica importante de ser agonistas totales, y no sólo parciales como los naturales, de dichos receptores. 

También en otro laboratorio, otro químico creaba y daba sus iniciales a los compuestos agonistas de los receptores cannabinoides: se llamaba John William Huffman y de su laboratorio salieron otros dos de los primeros cannabinoides sintéticos detectados en el mercado, el JWH-073 y JWH-018, que fueron creados en el año 1995.

Estos tres compuestos fueron los que ostentan el dudoso honor de ser los primeros detectados en mezclas herbales que simulaban un producto con propiedades similares al cannabis. Eso ocurría entre el 2008 y el 2009 en Alemania. Era la primera vez que se tenía una respuesta a la pregunta de qué compuesto era responsable de los efectos de la falsa marihuana que se vendía bajo el nombre de Spice o K2.

El padre de las criaturas de la familia JWH.


Hubo una época previa, allá en los años 90, en los que se vendían algunos tipos de “cogollos legales” que eran básicamente una mezcla de algunas plantas con mínima psicoactividad combinada, pero en ningún caso contenían agonistas de los receptores del cannabis ni llevaban añadidos químicos. 

Fue precisamente a esos “cogollos legales” de diversas plantas a los que añadieron estos nuevos -y totalmente desconocidos- productos químicos cuyos efectos imitaban algunos del cannabis pero sus consecuencias negativas iban cientos de veces más lejos. Son de las pocas drogas cuya primera aparición se da en Europa en 2004, en concreto en el Reino Unido, que tiene una de las leyes más represivas contra el cannabis.

Las políticas aplicadas contra el cannabis y sus usuarios, distintas en cada país, pero de momento -salvo honrosas excepciones- todas de tipo represivo crearon un mercado para los productos legales. Nadie en su sano juicio compraría un producto que es imitación de otro, si puede comprar el original. En este caso la diferencia es que el original puede conllevar multas o prisión y el otro, no. Las leyes crean y abren un mercado específicamente para este tipo de sustancias, cuya demanda sería inexistente de poder utilizar las versión segura y natural: el cannabis.

Rápidamente, como se ha hecho con otros compuestos, los legisladores se apresuraron a prohibir dichas drogas, lo que también hace inviable cualquier tipo de estudio con ellas y con seres humanos, pero no imaginaron la respuesta: daba igual qué droga prohibieran porque los vendedores tenían una nueva, sin prohibir, más desconocida y más peligrosa casi siempre esperando para sustituir a la sustancia prohibida. 

Y así sucesivamente. Tú prohíbes, pero la química crea fuera de tu prohibición más y más compuestos. Así ocurrió: tras la prohibición de los primeros cannabinoides, aparecieron otros, mucho más peligrosos y totalmente nuevos con los que los vendedores de esos productos estaban usando de conejillos de indias a sus usuarios, esta vez detectados primero en Japón.

El asunto se estaba mostrando intratable cuando Nueva Zelanda tuvo la ocurrencia de iniciar una regulación legal de las drogas partiendo de las que -todavía- no estaban prohibidas. Para ello primero prohibió cualquier sustancia existente que no estuviera explícitamente permitida y luego aceptó que hubiera un mercado para estos compuestos, en clara desventaja para el cannabis que seguía sufriendo el estigma de la ilegalidad, la persecución y las sanciones económicas. 




Los resultados no se hicieron esperar: la alerta sanitaria provocada por los efectos secundarios de los cannabinoides sintéticos vendidos legalmente y con el permiso del gobierno, hizo que se suspendiera dicho experimento que estuvo mal planificado y alejado de criterios científicos desde el momento de su concepción. Lejos de ayudar, eligieron la peor de las opciones: permitir compuestos sintéticos que no tenían historia de uso sobre el ser humano -afectando además a uno de los sistemas endógenos menos conocidos- frente a la planta de cannabis con su excepcional seguridad histórica.

¿Por qué son tan peligrosos los cannabinoides sintéticos o falsa marihuana?

La primera razón médica es que los compuestos, aunque sean ambos agonistas del receptor CB1 que es el responsable de los efectos psíquicos, actúan de forma diferente sobre esos mismos receptores. Mientras que el natural THC de la planta de cannabis se une al receptor y lo estimula hasta cierto punto al ser un agonista parcial -no lo hace con todos sus efectos ni toda su potencia- la falsa marihuana y sus compuestos son agonistas totales: cuando se unen al receptor lo hacen de una forma que provoca que despliegue todos los efectos que puede desplegar y desconocemos.

Una segunda razón es que, como decía Paracelso, “sólo la dosis hace al veneno” y estos compuestos pueden llegar a ser centenares de veces más potentes que el compuesto original al que pretenden imitar, por lo que con cantidades iguales en peso, se pueden estar consumiendo ciento de veces dosis activas de dichas drogas con un par de caladas de un falso porro.

La tercera razón médica de peso es la enorme ubicuidad de los receptores CB1 en todo el cuerpo humano. En el cerebro humano, el receptor cannabinoide CB1 es el “receptor acoplado a proteínas-G” que más tenemos en nuestra base de control del sistema nervioso -como hizo saber el doctor Nichols en una reciente conferencia- sólo superado por el receptor GABA-A que no pertenece a la misma tipología de receptores. Se podría argumentar que la existencia de receptores CB1 en gran número en el cerebro humano plantea el mismo peligro al usar cannabinoides naturales que sintéticos, ya que eso no varía en función de la droga ingerida. Pero esto no es así, ya que no afectan de la misma forma ni en su intensidad ni en sus efectos aunque usen el mismo receptor los compuesto naturales y los sintéticos.


Nichols, otro químico con grandes manos para hacer drogas.


Un ejemplo de este mismo supuesto lo podemos extraer de las diferencias entre dos conocidas familias de compuestos que actúan con efectos “parecidos”: las benzodiacepinas que son fármacos tipo Valium, y los barbitúricos como el Tiopental o el Pentotal, usados en las ejecuciones que seguían el 'Protocolo Chapman' de inyección letal. Tanto una dosis de Valium como una de un barbitúrico cualquiera se unen a los mismos mismos receptores GABA-A de formas diferentes -también el alcohol común- y en lugares del cuerpo diferentes, ya que cada compuestos tiene sus propias rutas farmacocinéticas y metabólicas. Aunque actúan sobre la misma cerradura, no abren exactamente las mismas cosas. Mientras que ambas familias de drogas son sustancias que relajan, sedan e incluso duermen (también como el alcohol), las benzodiacepinas son drogas con un gran margen terapéutico ya que la distancia entre la dosis mínima activa y la dosis mortal es muy amplia.  , y además el uso frecuente no extiende por tolerancia la dosis necesaria para matar. Los cannabinoides sintéticos vendrían a ser frente al natural y seguro THC lo mismo que son los ultrapotentes y mortales barbitúricos frente a sustancias relativamente suaves como el Valium.


Sobredosis por cannabis y 
sobredosis por cannabinoides sintéticos

Todo fumador, e incluso muchos no fumadores, conoce lo que es una sobredosis por cannabis: puede darte un blancazo, pasar un mal rato de ansiedad que suele irse como vino, tener mucha hambre y dormir profundamente. Todos conocemos bien esos síntomas, incluso los médicos que empezaron a atender a personas que, supuestamente, habían consumido cannabis y que no parecían responder de la forma normal, como otros pacientes lo harían a dicho consumo.

Al principio, las urgencias médicas, se vieron desbordadas por la facilidad que tenían los productores de estas drogas de engañar a los test que buscaban sustancias psicoactivas, burlando cualquier posible freno legal y otorgándole a esas drogas una posición de no-prohibidas ni detectables que las hizo competir contra el natural cannabis en ese aspecto: la gente buscaba evitar positivos en pruebas de drogas realizadas en su trabajo -muy común en USA- o al ir a pedir uno nuevo, así como las pruebas que la policía o los médicos pudieran realizar, ya que el simple consumo de cannabis es delito (al menos aún en la mayoría de los estados). La gente prefería consumir una sustancia desconocida de efectos desconocidos antes que enfrentarse a las consecuencias legales del consumo de cannabis, aunque sea de las sustancias más seguras que conoce la humanidad. 

La ley está lanzando a fumadores de marihuana a convertirse en conejillos de indias con sustancias increíblemente potentes y peligrosas, ya que sin esos enfoques represivos nadie tendría que buscar un “legal high” o “colocón legal” arriesgando su vida cuando lo único que quiere sea un poco de inofensivo cannabis.

Los síntomas que mostraban los pacientes en urgencias tenían poco o nada que ver con el cannabis que los médicos conocían, y aún sabiendo posteriormente que se enfrentaban a versiones sintéticas de agonistas cannabinoides, les costaba creer que se pudiera tratar de imitaciones de cannabis natural por lo exagerado de la sintomatología que veían: una hipertensión desbocada, taquicardias de carrera de galgos, infartos de miocardio, nerviosismo extremo, vómitos, alucinaciones, psicosis tóxica, ataques convulsivos y también epilépticos, psicosis permanente e infartos cerebrales que pueden desde matarte a dejarte ciego, sordo y paralizado de por vida en una silla de ruedas, más o menos consciente de que todavía existes.

Y esos sólo eran los síntomas de las sobredosis en su fase aguda de la falsa marihuana, ya que poco o nada sabemos de su uso crónico, excepto que sus peligros no son ni remotamente parecidos a los de el original natural. 



Otra de las explicaciones que los especialistas ofrecen a la hora de comparar los desmedidos peligros de los cannabinoides sintéticos con los del cannabis natural, es que la planta incorpora sus propios compuestos “moderadores”: no todos los cannabinoides del cannabis tienen efectos psicoactivos, algunos no tienen e incluso algunos sirven para moderar los efectos que produce el principal compuesto activo o THC

Mientras que la planta tiene esa ayuda natural a que las cosas no se desmadren, el consumir agonistas totales sintéticos sin que esos otros cannabinoides “de freno” -que de forma natural están presentes en la planta- nos deja una situación mucho más problemática a la hora de afrontar sus efectos sobre el cuerpo humano.


La situación legal en España y Europa

Para estas nuevas drogas que vienen escondidas bajo la apariencia de falsa marihuana, el campo en nuestro país está totalmente abierto. Son legales, porque no están prohibidas. La única trampa que le piden al vendedor, es que ni lo venda ni lo publicite para consumo en humanos, lo que se arregla con una nota en el paquete que diga eso mismo: NO PARA CONSUMO HUMANO.

Paradójicamente los dependientes de los lugares que venden estas drogas legales, nos cuentan que una gran parte de su clientela sobre esos productos son policías de diversos cuerpos que quieren tomar drogas pero no quieren perder su trabajo por un análisis que dé positivo. Eso deja claro que a buena parte de la policía que pagamos le interesa más la ley del estado que la propia salud.


Aquí un madero de color (los usan para las fotos)
apoyando una "campaña de salvación del mundo
persiguiendo drogas y usuarios".


Algunos países de Europa iniciaron prohibiciones de diversos de estos compuestos, pero se encontraron con que obtenían la misma respuesta que cuando prohibieron otras drogas: el mercado se encargaba de producir otras nuevas, legales, desconocidas en sus efectos y más peligrosas. El mercado nunca ha quedado desabastecido y, por el contrario, son cada día más las sustancias de este tipo a las que se puede acceder legalmente en una tienda o a través de internet.

Lo último en consumo de cannabinoides sintéticos se ha encontrado en UK, concretamente en la ciudad de Glasgow, donde se ha encontrado que hay tiendas donde se venden los conocidos e-liquid para los e-cigs -dispositivos electrónicos para fumar sin combustión- y al mismo tiempo te ofrecen, de forma legal, si te quieres colocar. Si dices que sí, que quieres colocarte, te venden viales de 10 ml, empaquetados y etiquetados correctamente, con nombres como “Blueberry Bud” o “Magic Mushrooms” que contienen una disolución -para usar con estos dispositivos- de los cannabinoides sintéticos.




Antes, compartir un porro era una señal de socialización que no solía implicar un grave riesgo.
Ahora, fumar de algo que no tienes claro qué es, puede ser lo último que hagas en tu vida.
Los cannabinoides sintéticos tienen una especial capacidad para dañar seriamente e incluso matar.

El cannabis, la planta natural y amiga que todos conocemos, no ha matado nunca a nadie.

Elige salud, siempre.



lunes, 1 de diciembre de 2014

Vendiendo humo: cannabis en las farmacias catalanas.


Este texto fue publicado en la Revista Yerba.
Esperamos que os guste.

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Vendiendo humo: cannabis en las farmacias catalanas.


A finales de agosto de este año saltaba la noticia a los medios: la Generalitat de Catalunya quiere regular el cannabis para los enfermos. El Conseller de Salut, Boi Ruiz i Garcia, hacía unas declaraciones en las que aseguraba que no era admisible que un paciente tuviera que acudir a un club social de cannabis porque él, como Conseller de Salut, no había sido capaz de regular el acceso al cannabis como herramienta terapéutica vendida en una farmacia.



La noticia cogió con el pie cambiado a unos pocos, que sin ser muy conocedores del asunto, se alegraron y con razón: estaban hablando de que -al fin- los enfermos que usasen cannabis pudieran ir a comprarlo legalmente a una farmacia, que es el lugar adecuado para la administración de cualquier fármaco. En sí resultaba una buena noticia, seguramente esperanzadora y bonita a los ojos de muchos que se alegraban de que eso acercase el cannabis a los enfermos de una vez. ¿Pero es así? Echemos un vistazo a cómo se han ido desarrollando los hechos relacionados hasta ese punto.


El panorama vivido en el 2014: los CSC y la Generalitat.


En agosto del año anterior, la Fiscalía General del Estado -un órgano jerárquico en el que los fiscales de cada zona deben aceptar lo que les ordena su superior hasta el Fiscal General como máximo grado- emitía un documento conocido como la 'Instrucción 2/2013' en el que desgranaba su idea de cómo los distintos fiscales de España debían encarar el asunto de los clubs sociales de cannabis o clubs de consumidores. 

Y lo hace con directrices claras: los que nos leímos el texto nos asustamos, porque si realmente lo llevaban a la práctica, suponía la persecución judicial y la condena de muchos que se encontraban desarrollando actividades en los CSC, obviamente relacionadas con el cannabis, su cultivo y consumo. La instrucción venía a recordar a los fiscales -les decía, finamente, que dieran caña- que el cultivo nunca había dejado de ser un delito perseguible y que disfrazarse de asociación no debía servirle a los nuevos narcos. Así de feo lo pintaba, y eso que agosto es el mes “inhábil” en la administración de justicia en España. En septiembre, varias asociaciones tanto de jueces como de fiscales se estaban quejando de que dichas directrices dadas por el Fiscal General del Estado equivalían a tratar por igual a los CSC y a los narcotraficantes. Eso era exactamente lo que quería decir: todos son narcos, ni clubs ni nada.

Todas las arquitecturas sobre las que muchos clubs habían funcionado, cultivando y cobrando la marihuana a sus socios bajo el pretexto del consumo compartido quedaban diluidas al advertir que consumir no era cultivar y vender. Durante el final del 2013, la fama de Barcelona como lugar de turismo cannábico ya era exagerada, no sin cierta falta de razón ya que proliferaron todo tipo de asociaciones con todo tipo de prácticas que acababan implicando un venta de una sustancia estupefaciente a un tercero al que, muchas veces, no habían visto antes. Prácticamente había que ser un santo escrupuloso en el manejo del dinero y de los socios para no ser acusado de diversos delitos, que ya no sólo incluían el tráfico de drogas sino también delitos de blanqueo o fiscales, que han elevado peticiones de cárcel a activistas como los gestores de Pannagh en el País Vasco hasta los 22 años de prisión.




Y en el 2014 empezó a ocurrir lo que se indicaba en dicha instrucción de la Fiscalía: la policía empezaba a asaltar clubs, a detener a sus responsables, a cerrarlos y a presentar procesos criminales contra algunos de ellos. Ha estado ocurriendo en todo el país, pero en Cataluña, al tener una mayor concentración de clubs, se notó más el freno. Primero fue la prohibición en junio de abrir ningún clubs social de cannabis más en y después llegó a su máximo exponente en julio de este año cuando el diario El País -en su edición sobre Cataluña- titulaba “Detenida la cúpula de las asociaciones cannábicas por blanqueo de capitales”. Ya no eran asociaciones, ya era “la cúpula de los cannábicos”.

Un mes después de que se hubiera detenido “a la cúpula” de narcotraficantes de los CSC, el Conseller Boi Ruiz anuncia que, en estos minutos de descuento del partido que le quedan al gobierno que le nombró, piensa regular el cannabis para los enfermos y que lo hace para que no se tengan que acabar juntando con esos nuevos criminales acusados de delitos de importancia a la hora de acceder al cannabis que necesitan.

¡¡Y lo hizo sonriendo en las fotos!!

El papá de la idea tiene otros problemas: no le salen las cuentas 
del dinero público que maneja...


Al mismo tiempo, el paso como Conseller de Salut de Boi Ruiz, no ha dejado buen sabor de boca: recortes, escándalos por la penosa gestión, impagos a la farmacias, el repago de medicamentos que tumbaron los tribunales, el cierre de camas en hospitales para tirar abajo los gastos sin atender al paciente...

No ha hecho sino confirmar su currículo: aunque tiene la carrera de medicina, su especialidad parece ser más bien la gestión de “lo público” en el que lleva muchos lustros en la “Unión Catalana de Hospitales” que es una entidad que agrupa distintas empresas con intereses en el área. Gestión de distintos intereses, sería otra forma de hablar de lo que le preocupa el paciente al señor Boi Rui, que ha tenido toda esta legislatura y parte de la anterior para hacer algo que, según la actual ley, no puede hacer sin el permiso de otras instituciones del estado: no verán cannabis vendido a pacientes en una farmacia catalana antes que en una de otro punto del estado, si es que algún día llegamos a verlo. Les está mintiendo a la cara quien les quiera hacer creer eso: están usando a los enfermos que usan cannabis y a sus necesidades como piezas con las que jugar, porque no son ellos los que necesitan la planta.


La realidad del consumo terapéutico en España:
¿quién atiende aquí a los enfermos?

Los medios al contar la noticia, han presentado las declaraciones como si estuvieran enmarcadas dentro de un proceso coherente que se hubiera seguido desde hace tiempo. Textualmente decían que la Generalitat inició los primeros pasos para regular el cannabis en el año 2005 por haber contado con un estudio del medicamento 'Sativex' -un extracto estandarizado de la planta de cannabis- sobre 207 pacientes. Dicho de otra forma: en el 2005 permitimos un estudio con 207 personas y eso es nuestra apuesta por la regulación del cannabis terapéutico hasta hoy, en el año 2014. De hecho el 'Sativex' se aprobó en España poco después para dispensación hospitalaria a pacientes de esclerosis




Lo cierto es que, bien fuera por quimioterapia y vómitos, dolor crónico o neuropático, espasticidad y otras situaciones a las que el cannabis mejora la condición del paciente, bien en un aspecto concreto o bien en general -como en sus efectos sobre el apetito- si querías cannabis tenías que buscarte la vida tú mismo: ningún médico te lo podía recetar.

Con ese panorama lo que asociaciones de pacientes -no cannábicas- como la Asociación Ágata de mujeres con cáncer hicieron, fue gestionarse una forma de acceder a la sustancia. Ellas mismas reconocían que sus propios médicos, oncólogos, les reconocían la utilidad del cannabis frente a muchos de sus síntomas, pero no les podían recetar la planta ni nada similar en aquel momento. Ellas mismas difundieron la voz entre las afectadas de sus propias experiencias con el cannabis, hasta convertirse en la primera asociación de gestionaba de un modo pseudo-legal el acceso al cannabis, poniendo en contacto al paciente que necesitaba comprar, con un cultivador que le suministrase el cannabis.

Y ahí quedó todo, porque poco después el acceso al cannabis se fue haciendo más y más sencillo, en gran medida gracias a los CSC nacidos de los grupos de consumidores de la sustancia, que muchos contaban con un área terapéutica, que normalmente era asistida a modo de información y asesoramiento por algún profesional, normalmente médicos o psicólogos. Los CSC realmente no hicieron nada más que responder a una demanda ya existente dentro de los consumidores de cannabis: la del cannabis terapéutico que por otra parte en nada se diferencia del recreativo. Pero lo hicieron, y en la mayoría de los casos no lo hicieron nada mal.





Este Banco de Cannabis Terapéutico tenía un requisito fundamental: no podía haber intercambio económico. El cannabis debía ser donado de forma altruista, para que el asunto no se convirtiera en un “camelleo con precio reducido por ser terapéutico” y además los pacientes que eran admitidos tenían que presentar diagnósticos médicos y a la vez ser vistos por otros especialistas, algunos vinculados directamente al ayuntamiento de la localidad. Pero inteligentemente -dada la forma de tratar las cosas sobre el cannabis en el País Vasco- no se salían de dicha demarcación territorial. Tampoco querían pisar las actividades del mismo tipo que -supuestamente- desarrollaban o podían desarrollar otras asociaciones en otros lugares.


Por aquellas fechas, ya en los años 2007 y 2008 saltaba a los medios el caso de Juan Manuel Rodríguez Gantes, a quien no tuvieron problema en llamar “el Ramón Sampedro de la marihuana” ya que sufría el mismo tipo de daño en la columna vertebral y producido de la misma forma -al saltar al mar calculando mal- que el conocido personaje, protagonista de la película 'Mar Adentro'




Juanma solicitó ayuda, cultivó en el centro para discapacitados físicos en que se encontraba, fue denunciado y juzgado por ello y aunque nunca fue condenado, jamás le dieron una solución a su problema: la morfina no le quitaba los dolores que el cannabis sí le quitaba. Eran dolores neuropáticos, producidos por una mala gestión de una infección que sufrió en el mismo centro que se hospedaba: los antibióticos que tarde y desesperadamente le administraron en una ocasión le causaron daños permanentes en sus nervios, y de ahí el dolor intratable.

Tuve la suerte de conocer personalmente a Juanma -y a su pareja en aquel momento- y de presenciar lo que posiblemente haya sido la mayor entrega gratuita de cannabis a un paciente con necesidad terapéutica: medio kilo de cogollos secos de cannabis que habían viajado por media España escondidos en un cojín, sin que hubiera la menor transacción económica asociada a ellos. Después de aquello, lo único que supe es que los distintos clubs y asociaciones iban “facilitando” el contacto a los enfermos como Juama con distintos cultivadores que les vendían el producto, en teoría a un precio más reducido dada la razón terapéutica de dicho consumo.

Desde esa época, la forma más normal de acceder al cannabis siendo una persona con necesidades terapéuticas ha sido a través del autocultivo con la ayuda del grow-shop de tu zona o bien a través de alguna asociación que pudiera facilitar el acceso a la planta. Y no lo deben haber hecho nada mal cuando no hemos visto casos de personas que sufrieran problemas por usar cannabis que le facilitase su CSC, ni problemas médicos, ni sobredosis con consecuencias fatales, nada de esto ha sucedido. Al revés, muchos enfermos de dolor crónico -que aunque algunos médicos aceptan su utilidad siguen sin recetarlo ni como 'Sativex'- o de insomnio, de cáncer o de sida, de anorexia o de ansiedad, han encontrado alivio, guía y cuidado en lo que los CSC les han proporcionado. Muy posiblemente porque los CSC han sabido estar muy atentos a la hora de detectar las necesidades de las personas y eso es justo lo que los políticos, como Boi Ruiz, no han conseguido pero tampoco han intentado en realidad.

¿Por qué es imposible lo que dice la Generalitat? 
¿No es factible que España avance como otros países?

No es imposible que llegue a haber cannabis en las farmacias: el modelo de otros países lo demuestra. Sólo hace falta voluntad política, entre los distintos actores que toman las decisiones.

Vamos a ver cuál es el escenario: el responsable de salud de un gobierno -en su etapa final y con pocas probabilidades de existir con la misma configuración- dice que quiere regular el acceso al cannabis como medicamento. ¡Estupendo! Ahora empiezan los problemas, cuando en el mejor de los casos, de existir capacidad política de intentarlo, las leyes estatales sobre drogas y fármacos, siempre tienen un rango superior a las autonómicas. Eso quiere decir que, suponiendo que todos los partidos quisieran hacerlo -no en Cataluña sino en toda España a la vez- haría falta cambiar tratados internacionales o renunciar a ellos, hacer modificaciones legales de textos que apenas se han tocado en décadas de existencia, y conseguir un proceso completo que diera la cobertura legal al proceso: eso llevaría años, no menos de 3 ó 4 en la situación actual. ¿Tienen los enfermos 3 ó 4 años que perder esperando? Muchos no, y menos para usar un fármaco que es esencialmente benigno.

Todo esto de empezar a jugar con los enfermos, lo hacen por una razón muy clara y que no han escondido: es una vergüenza que los enfermos se tengan que ir a los “clubs de los narcotraficantes” que casualmente estamos deteniendo. 



Si consiguen disociar el trabajo de los CSC con el cannabis terapéutico en España del trabajo con los socios de motivos recreativos, están atacando uno de los mejores trabajos que ha realizado la comunidad en sus años de existencia: suplir lo que el estado no sólo no te daba, sino que te negaba, aunque fuera una medicina. 

Quitándole a los enfermos a los CSC les quieren arrebatar una de las razones de su existencia para pasarla a otro grupo de intereses: los empresariales farmacéuticos. El propio Boi Ruiz no se ha escondido para decir que los laboratorios tienen que crear compuestos sintéticos de cannabis, mejorados “como se hizo con el opio”. No les gusta la planta de marihuana; el verde que les gusta es el de la pasta que puede generar un mercado de pacientes recetados con cannabinoides sintéticos.

Boi Ruiz es médico, pero debe estar poco enterado de los peligros que se conocen -desde hace años- con la falsa marihuana hecha con cannabinoides sintéticos. O le debe importar poco, porque modificar el opio, creo actores como la heroína, que cuentan con toda una historia alrededor. Pero lo cierto es que Boi Ruiz viene de la empresa y tiene visión de empresario: trabajar con una planta no da dinero. Sus compuestos naturales no son patentables -ya que los crea la naturaleza- de manera que sólo les resulta interesante cuando pueden fabricar otros compuestos sintéticos que sí puedan cobrar desde la farmacia con grandes cantidades de ingresos por las patentes.

Sin embargo, cualquier persona cercana al mundo del cannabis, sabe que cada planta es un mundo distinto, un efecto distinto que ayuda a unas cosas y puede no ayudar a otras. Aunque la planta sólo tiene un principio claramente psicoactivo que es el THC, nada tienen que ver los efectos de una “Haze” con una “White Rhino” y prueba de ellos es el inmenso arsenal de distintas variedades con distintos efectos, sabores y cualidades que han creado los bancos de semillas, especialmente los hispanos. No podemos pedir a los enfermos -con sus distintas patologías- que acepten un sólo tipo de planta o de extracto, porque esto no funciona así, señor Conseller.




Por último cabe hacer mención -por la importancia- de lo que sería la logística para producir cannabis de calidad farmacéutica para todas aquellas personas que lo usan a día de hoy con una intención terapéutica, porque le digan lo que le digan, ningún médico a día de hoy le puede prescribir un poco de marihuana por ley, pero tampoco podría -de forma efectiva- si esa ley cambiase mañana. El proceso que conlleva la planificación de un consumo masivo -Cataluña o España son casos masivos ambos- de cannabis, la búsqueda de terrenos, la contratación y capacitación de personal, el cultivo y proceso del cannabis dentro de estándares farmacéuticos no se realizaría en unos meses sino que sería un proceso de años, como el marcar distintas posologías para cada afección o el elegir las variedades más adecuadas, ya que todos esos pasos necesitarían estudios, pacientes y un entorno controlado de producción de una planta, que hasta el día de hoy, han estado negándole toda virtud terapéutica, impidiendo el acceso a la misma y criminalizando al usuario a base de represión.

Quienes llevamos años en esto sabemos de lo inútil de su propuesta, Conseller, que no es más que un brindis al sol con el objetivo de causar daño y desarmar de buena parte del prestigio ganado a los clubs sociales de cannabis. A nosotros no nos engaña. Nunca nos engañó. Seguiremos cultivando nosotros porque ustedes no son de fiar.

Pero por dignidad, no juegue con el dolor de los enfermos a los que ahora mismo, la represión ejercida sobre los CSC, les está privando del único acceso factible al cannabis que existe en España sin pasar directamente al mercado negro recreativo.
A los enfermos que usan cannabis, ni les sobra el tiempo ni se tratan al gusto según lo que queda de legislatura. Tampoco son tontos: saben de sobra quién les está bloqueando el acceso a su medicación, señor Conseller Boi Ruiz. 

Y los enfermos también votan.