Con 3 neuronas y media...

Prefiero un vicio tolerante que una virtud obstinada.
(Moliere)


viernes 30 de septiembre de 2011

Entrevista de Eduardo Hidalgo a Javier Marín Larruga

Publicamos a continuación una entrevista de un viejo conocido como Eduardo Hidalgo a un fotógrafo freelance y escritor de lo más interesante: Javier Marín Larruga.
Ha publicado un libro de nombre "El barril de Diógenes" en la Editorial Amargord, que anda con remodelaciones en la web -si no es un efecto del canuto- y que está en la Categoría de Psiconáutica... por algo será. Y llega con inmejorables recomendaciones (leed la entrevista siguiente).
Veo que además han publicado el "Phantástica" de Louis Lewin. Un pedazo clásico por 20 pavos.

Y no me extiendo más. Aquí está la entrevista de Eduardo a Javier. Pa mojar pan.




¿Conoces a alguien que haya pasado una temporada en las cuevas de Afganistán acompañando, en primera línea de fuego, a los muyahidines en su lucha contra la Unión Soviética? 
¿A alguien que haya convivido de tú a tú con los indios mohawaks en su enfrentamiento armado contra el Gobierno canadiense? 
¿A alguien que haya vivido como un paria, un intocable, en las calles de Calcuta y Nueva Delhi? 
¿A alguien que, durante años y años, haya trabajado codo con codo con Vicente Ferrer con la única intención de dar a millones de personas la oportunidad de tener una vida más digna, próspera y saludable? 
¿A alguien que se haya fumado tranquilamente los mejores porritos de rojo libanés en un país y en un momento histórico en el que había más kalashnikovs que personas, más balas que segundos tiene el año, y en el que la pieza más codiciada –para abatir o secuestrar- era un infiel occidental? 

Yo sí. Y ahora mismo lo tengo delante, así que no voy a dejar pasar la ocasión de entrevistarle. (Eduardo Hidalgo)


Eduardo: Empecemos por lo más importante, que luego ya habrá tiempo para dar paso a las frivolidades: Así que lo del rojo libanés no era un mito, atestiguas que existe de verdad…

Javier: Doy fe, vaya que si doy fe. He visto plantaciones de cannabis rojo libanés que se extendían hasta donde alcanzaba mi vista. Todo era rojo como la sangre, hasta el horizonte. Eran matas pequeñas, de un metro de altura aproximadamente. Cuando las tocabas las manos se te quedaban impregnadas de la resina proveniente de los tricomas repletos de THC. Eran hermosas y muy aromáticas. He estado en una nave industrial en la que se almacenaban toneladas del afamado hachís, de nuevo, incluso las paredes eran rojas, tapizadas por el fino polvo que desprendían las plantas.
E.: ¿Y la calidad?

J.: Excelente, exquisita, sublime… y te lo dice alguien que ha probado costo cosechado en casi cualquier lugar del planeta.


Plantación de Rojo Libanés en la Beeka


E.: Es decir, que el viaje mereció la pena…

J.: ¡Sin lugar a dudas!

E.: ¿Y no te parece un pelín arriesgado que alguien como tú -alto, rubio, blanco y con los ojos azules- se adentre en el mismísimo feudo de los hezbolahis y muhabarraks –enfrascados en plena Guerra Santa contra occidente- sólo para darse el gusto de fumarse unos buenos canutillos?

J.: Hombre, vamos a ver… que las cosas tampoco es que fueran así. Ten en cuenta que profesionalmente yo soy un reportero freelance especializado en política internacional. Mi idea, al ir al Líbano, al valle de la Bekaa, no era otra sino la de mostrar al mundo cómo los campos de cannabis y opio eran cultivados bajo el estricto control del ejército sirio y de Hehbollah. Es decir, el objetivo prioritario era informar, sin más.

E.: Y el secundario…  deja que lo adivine: ¿fumar?

J.: Pues mira, ¿para qué te voy a engañar? Sí.

E.: Oye, y una duda que me asalta: ¿Cómo alguien tan cantosamente occidental como tú pudo pasar desapercibido para todos esos hezbolahis deseos de ampliar su currículum de infieles ejecutados a golpe de AK-47?

J.: Pues la verdad es que, aparte de mil y una estratagemas que tuve que utilizar, resulta que, aunque poca gente lo sepa, muchos de los árabes puros son así, rubios y de ojos claros, por lo que yo no desentonaba mucho en esa zona del mundo.

E.: ¡Joder… lo que se aprende viajando! O sea, ¿que aparte de rojo libanés esas tierras deben estar plagadas de mazizorras muhabarrakas que no le tienen nada que envidiar a Elle Macpherson o Kylie Minogue?

J.: Ni puta idea, Edu. Eso es algo que solo lo saben los propios muhabarraks, al resto de los mortales no nos queda otra que imaginar qué habrá detrás de esos velos, de esos burkas y de esos hiyabs.

E.: Y al hilo de esto: tú que has estado absolutamente en todas partes (a excepción de Oceanía), ¿Qué opinión te merece la religión islámica?

J.: Pues la misma o peor que el resto de las religiones, que junto con los nacionalismos, son lo más nefasto que haya creado jamás la mente humana.

E.: ¿Incluido el hinduismo?

J.: Y tanto… Aquí, en occidente, tenemos una idea muy romántica e idealizada de la religión hindú, pero la cruda realidad es que es un conjunto de creencias que –a través de su sistema de castas- condena a millones de personas a la exclusión social y a la más absoluta de las miserias.

E.: OK, si te vas a poner así, mejor hablemos de fútbol.

J.: No, tío, por favor, lo odio tanto o más que la religión. Aunque he de reconocer que, en su día, ser español y de Madrid me permitió salir airoso de muchas situaciones bastante comprometidas con el solo hecho de mencionar a Butragueño.

E.: Pues qué más se puede pedir, ¡machote! Sobre todo cuando, a día de hoy, te bastaría con cambiar la mención al Buitre por una a Guardiola o Iniesta y obtendrías más de lo mismo…

J.: Qué va, Edu, ¡Para nada! Lo cierto es que hace años todo el mundo árabe sentía un inmenso amor por España; los españoles les caíamos mejor que bien. Sencillamente nos adoraban y esto es algo que pude constatar en muchos países y durante muchos años, hasta que Aznar se hizo la famosa foto de Las Azores junto a Bush y Blair. En aquella reunión se decidió el futuro de Irak y no precisamente para bien. Ese día, miles, millones de árabes de todo el mundo se quedaron perplejos y con una enorme sensación de abandono, de tristeza; no podían entender que España liderara la cruzada contra sus hermanos árabes que tantos muertos e ignominia trajo consigo. Desde ese día, tener un pasaporte español en un país árabe ya no es una garantía de buen trato; más bien todo lo contrario.

E.: Ahora que dices esto, me gustaría conocer la impresión y la opinión que tiene de España alguien que ha vuelto a instalarse aquí después de haber pasado treinta años viajando por todo el mundo.

J.: Pues tío, patética, demoledora, frustrante… Te contaré una anécdota que, a mi modo de ver, ilustra perfectamente el estado de las cosas. Mira, cuando murió Vicente Ferrer –un  hombre que salvó la vida y devolvió la dignidad a millones de personas, un hombre a quien la propia Indira Gandhi tuvo que solicitarle expresa y personalmente que regresara a la India debido a las masivas revueltas populares que había originado su expulsión del país- yo, que había convivido con él y participado en su proyecto durante años, me ocupé de redactar un reportaje que venía acompañado con una serie de fotos tomadas por algunos de los mejores fotógrafos del siglo XX, y se lo envié a todos y a cada uno de los principales diarios nacionales. Su unánime respuesta fue: «no interesa». Punto. Otro gallo habría cantado si, en lugar de eso, les hubiese enviado una “interesantísima e importantísima” exclusiva sobre la última pelandusca que se acababa de tirar el último ligue de Belén Esteban. Sinceramente, para mí, con esto queda todo dicho.

E.: No veas si te entiendo… Ahora bien, escuchando las experiencias y opiniones de alguien como tú, que ha vivido tanto, tan intensamente y que ha conocido tantas culturas diferentes, la lectura final que uno podría acabar haciendo de la vida no deja de ser un tanto amarga, ¿no? Radicalismos religiosos, guerras, nacionalismos, marujeos, materialismo… No sé, tío, con este panorama que nos pintas, ¿crees que hay algo aquí –aparte del cannabis y esas cosas- que esté al alcance de cualquier habitante del planeta y que le permita dar sentido a su vida por encima de toda esta absoluta y nauseabunda inmundicia y miseria moral y material?

J.: El amor, Edu, el AMOR, a la Madre Natura, a uno mismo y a nuestros semejantes –y si es semejanta y está de buen ver, ¡ya ni te cuento!-

E.: ¡Oh, qué bonito! Si fuese una película de Disney lo dejábamos aquí, pero como no es el caso: sigamos. Vamos a ver: Me consta que en Líbano, aparte de rojo libanés hay heroína de una pureza extrema, y en Afganistán, y en la India… ¿te sentiste alguna vez tentado a probarla?

J.: Me sentí tentado, si. Y la probé.

E. ¿Y?

J.: Y la cagué con todo el equipo. Como a tantos otros, me gustó, me encantó, y como tantos otros fui tan soberbio como para pensar que la manejaría sin problema… pero no fue así, más bien sucedió todo lo contrario. El resultado de mi relación con esta sustancia fue desastroso, me vi envuelto durante años en situaciones espeluznantes, aterradoras, verdaderamente tormentosas. No te lo puedes ni imaginar. Y no entro a debatir sobre si es una droga controlable o no. Evidentemente, hay gente para todo, ahora bien, el jako tiene trampa, y si caes en ella estás jodido, más que jodido, mucho más que jodido, y aunque haya mil y una personas que tienen problemas con los porros, con las pastillas o con los tripis, te digo yo que el caballo es otra cosa, “palabras para el chico listo”, que diría el señor Burroughs.

E.: Y digo yo, Mister Javier, ¿cómo es que no cuentas tus vivencias, tan extraordinarias y fuera de lo común, en un libro o en una serie de artículos o de cualquier otra manera que permita que el gran público pueda saber de ellas? Pues puedes dar por sentado que a muchos les iban a interesar.

J.: Edu, muchas de estas cosas las he contado ya en mis años de reportero de política internacional; otras las he contado colaborando en publicaciones del mundillo cannabico; algunas no las contaré nunca porque son demasiado comprometedoras; y otras tantas las acabo de contar en un libro autobiográfico que acabo de publicar, El Barril de Diógenes, se llama.

E.: Diógenes… ¿No me irás a decir ahora que eres un basurillas que va acumulando todo tipo de detritus en tu casa?

J.: No, tío, para nada. Todo lo contrario. Diógenes era un filósofo griego que vivía en un barril y cuyas únicas posesiones eran una manta, un bastón y una bolsa para llevar los alimentos. Llevaba una vida extremadamente austera, natural y alejada de los lujos de la sociedad. Sostenía que, de ponerse el mismo empeño en el cultivo de las virtudes morales que se ponía en cultivar el físico y el intelecto, el mundo sería infinitamente mejor para todos. En realidad, el término psiquiátrico Síndrome de Diógenes –reconocidamente confuso y controvertido- se acuñó en alusión al retiro voluntario de la vida en sociedad que practicó a rajatabla el mencionado sabio helénico. Y en ese aspecto es, precisamente, en el que me identifico con Diógenes.

E.: ¿Por qué?

J.: Porque después de haber estado más de media vida recorriendo más de medio mundo y conociendo a todo tipo de gente, ahora lo que me pide el cuerpo es vivir aislado, en el campo, cuidando de mis bonsáis, fumándome mis petillas, y no teniendo apenas más contactos, necesidades ni deseos que compartir mis mejores momentos con el gran amor de mi vida: Alexandra, mi hija.


---------------------------

No tengo duda de que "El barril de Diógenes" de Javier Marín merece la pena y desde luego, será muy didáctico. Una autobiografía de alguien que ha visto muchas cosas, y con "otros" ojos. Qué pena no tener 100 vidas, dirán algunos.

Symposion.

Nota: Entrevista y imágenes publicadas con el consentimiento de -y el agradecimiento a- Eduardo Hidalgo como entrevistador y Javier Marín como entrevistado.
Para la reproducción de la misma o de las imágenes, consúltese y obténgase el permiso de los autores.