Adios, Carlos Cristos.

martes 29 de abril de 2008

Me he enterado hace horas de la muerte de Carlos Cristos.
Todavía estaba digiriendo la película que mostraba como había decidido enfrentar su situación, y su imagen se me hacía presente en varias ocasiones a lo largo de estos días.

Ha sido inevitable que me preguntase cómo había sido, si había tenido la suerte de contar al final con alguien que "en vida le cerrase los ojos y le hiciera dormir" o si había esperado a tener que enfrentar el sufrimiento de la asfixia que él mismo describía con cierta y lejanía, y que hacía sus palabras más difíciles de acomodar para los que, como la mayoría de nosotros, no sufrimos una condena de un plazo tan corto, y con una cronología tan cruel.

Personalmente espero que sí.
Que haya contado con esa ayuda, ya que entiendo perfectamente sus ganas de vivir, y las comparto: pienso que mientras sea capaz de comunicarme, aunque sea moviendo un dedo, merecerá la pena vivir -pero no más allá-. Aunque tal vez lo pienso, porque si soy capaz de comunicarme seré capaz de elegir no seguir si quiero renunciar.

No creo de todas formas que eso sea relevante. El testamento que dejó al pedir que se mostrase su proceso creo que es lo que más cuenta en toda esta historia.
Tengo curiosidad por saber si ese instante de percepción infinita está ahí, por saber si ver las cosas desde los dos lados nos aporta la respuesta buscada, o por deshacer ese agnosticismo permanente sobre el tránsito hacia el fin de está vida.

Espero, deseo, que esas respuestas ante las que Carlos Cristos mostraba auténtica curiosidad, le hayan quedado respondidas.
Murió como vivió sus últimos años, rodeado de los suyos, en su casa.
Posiblemente, consiguió una muerte tan digna como lo que hizo de su vida.

Gracias Carlos por lo que me hiciste y me harás pensar, espero que tu nueva eternidad te sea como poco igual de maravillosa que la vida que fuiste capaz de destilar aún en la adversidad.

Te deseo paz.
Y que sepas que a muchos habrás contagiado esa sonrisa, que sí era posible.


Symposion.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Si Carlos puede, desde algún impensable lugar, conocer lo que aquí le dices, sabrá que su testimonio no ha caído sobre tierra estéril.

Otros muchos asumimos tus palabras en esta ocasión.

Gracias, Symposion, en nombre de Carlos Cristo.

Tercerdelfín

Anónimo dijo...

Perdón: en el comentario anterior omití involuntariamente la "s" final en el apellido de Carlos Cristos.

Tercerdelfín

Emi dijo...

¡Hola Sim!
Creo que nuestra curiosidad se va a quedar en eso...irremediablemente. Porque conocer la experiencia infinitesimal de la muerte y lo que haya después, es incompartible, intransferible e inabordable. Ni siquiera para quienes tuvieron la suerte de estar presentes en ese momento. Y como bien dices, eso que los demás pueden contar no es lo importante, es la parte mórbida, que poco o nada tiene que ver con lo que él, Carlos, pudo sentir, ver, o experimentar en ese momento infinitesimal y eterno que es morir.
De una cosa estoy convencida. La muerte no está desligada de la vida, y por eso es cierto el dicho de que:
"no podemos elegir de qué morir pero sí cómo hacerlo".
Nosotros ya sabemos cómo eligió Carlos, y esa elección suya es la que nos ha contagiado de algo nuevo y extraño.
Porque de pronto, un desconocido Carlos, se me ha hecho cercano, tanto, como para terminar siendo mi "próximo" o prójimo, que es lo mismo, invadiendo parcelas de intimidad de mi vida que eran sólo mias (la enfermedad y la muerte) esos lugares a los que nadie puede acompañarnos.
Lo bueno es que él, ya se ha convertido en "compañia". ¡Que buen privilegio!, ¿no te parece Sim?

Symposion dijo...

Pues es posible.
Después de rumiar estos días, lo que vi en el documental, lo que más perduró fue un claro sentimiento de empatía... por un desconocido.

Entraría sin vaselina aquí un razonamiento sobre lo poco que nos "comunicamos" con los más prójimos y la falta de esa sensación, plus la paradoja de que un ajeno te la provoque.

Pero si eso ha sido así, supongo que en buena medida tendrá que ver con la capacidad de transmitir su pensamiento y hacer que su voz fuera por instantes una segunda voz narrativa y perceptiva en la cabeza de los que vimos "lo que él quiso compartir".

Ya no percibo lo que vi como una lección sobre la muerte. Ni tampoco sobre como vivir una vida plena, no hay guiones para eso.
Me queda el recuerdo y la sensación de que intentarlo, si es de verdad, vale la pena.